José Luis Borau asegura que el cine en su actual formato tiene los días contados. En un futuro próximo las películas se verán de otra forma, imponiéndose nuevas variantes técnicas o tecnológicas. Incluso, afirma con sorna, las películas en el futuro podrán ser inyectadas.
Por otra parte, el director aragonés opina que el criterio “clásico” del cine se repite desde hace décadas lo cual conlleva un cierto hartazgo. El cine ya se sabe de antemano disminuyendo la curiosidad. Además, con la formula actual ya no podemos ir muy lejos, apenas ofrece novedades y para hallarlas hay que buscar mucho.
Borau hace un repaso del cine desde sus inicios, primero como una mecánica repetición del teatro, hasta la irrupción de los cineastas que establecieron las bases del concepto clásico del cine como Griffith o Eisenstein con sus aportaciones en montaje, planificación y demás elementos que conforman la gramática cinematográfica y que desde entonces se mantiene casi inmutable. Eso, afirma Borau, ya no es el cine, porque dicho criterio clásico ha de renovarse.
El problema principal de subvertir el lenguaje clásico cinematográfico está en su aceptación por el público. En el cine hay que contar con los espectadores ya que, apunta el guionista, también es un producto industrial, ese es “el lastre añadido” de este arte. El cine cambiará cuando cambien los espectadores y se liberen de ese atavismo de décadas aceptando con ello nuevas gramáticas. Por ejemplo en música, el público no aceptó el dodecafonismo de Schönberg porque fue incapaz de liberarse de siglos de armonía clásica. El cine tiene que cambiar, pero no podrá ser sin el apoyo del público.
El viaje de ida del cine, según Borau, llega hasta el neorrealismo. Hasta entonces, la fuente de inspiración del cine, es la vida. Después surge una reacción, la nouvelle vague que nace del propio cine y de su análisis hablando tanto de la realidad como del cine. Es el cine que nace del cine. Se trata por ello de un cine de vuelta, de un cine “culto” porque reflexiona sobre el antes realizado. Es lo que Borau llama “metacine”. Sucede igual en otras manifestaciones artísticas, el camino de vuelta de la pintura es el cubismo y el de la música es el dodecafonismo de Schönberg. |